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Delmira Agustini

El arroyo.
 
¿Te acuerdas? El arroyo fue la serpiente buena...
Fluía triste y triste como un llanto de ciego
 
cuando en las piedras grises donde arraiga la pena
 
como un inmenso lirio se levantó tu ruego.
 
Mi corazón, la piedra más gris y más serena,
despertó en la caricia de la corriente y luego
 
sintió cómo la tarde, con manos de agarena,
 
prendía sobre él una rosa de fuego.
 
Y mientras la serpiente del arroyo blandía
el veneno divino de la melancolía,
 
tocada de crepúsculo me abrumó tu cabeza,
 
la coroné de un beso fatal, en la corriente
vi pasar un cadáver de fuego... Y locamente
 
me derrumbó en tu abrazo profundo la tristeza.
 
Lo inefable
 
Yo muero extrañamente... No me mata la Vida,
no me mata la Muerte, no me mata el Amor;
 
muero de un pensamiento mudo como una herida.
 
¿No habéis sentido nunca el extraño dolor
 
de un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida
devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?
 
¿Nunca llevásteis dentro una estrella dormida
 
que os abrasaba enteros y no daba fulgor...?
 
¡Cumbre de los Martirios...! ¡Llevar eternamente,
desgarradora y árida, la trágica simiente
 
clavada en las entrañas como un diente feroz...!
 
Pero arrancarla un día en una flor que abriera
milagrosa, inviolable... ¡Ah, más grande no fuera
 
tener entre las manos la cabeza de Dios!