César Vallejo
Los heraldos negros
Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!
Son pocos pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
*
He encontrado a una niña
En la calle, y me ha abrazado.
Equis, disertada, quien la halló y la halle,
No la va a recordar.
Esta niña es mi prima. Hoy, al tocarle
El talle, mis manos han entrado en su edad
Como en par de mal rebocados sepulcros.
Y por la misma desolación marchóse,
Delta al sol tenebroso,
Trina entre los dos.
"Me he casado",
me dice. Cuando lo que hicimos de niños
en casa de la tía difunta.
Se ha casado
Se ha casado.
Tardes años latitudinales,
Qué verdaderas ganas no ha dado
De jugar a los toros, a las yuntas,
Pero todo de engaños, de candor, como fue.
*
En el rincón aquel, donde dormimos juntos
Tantas noches, ahora me he sentado
A caminar. La cuja de los novios difuntos
Fue sacada, o tal vez qué habrá pasado.
Has venido temprano a otros asuntos
Y ya no estás. Es el rincón
Donde a tu lado, leí una noche,
Entre tus tiernos puntos
Un cuento de Daudet. Es el rincón
Amado. No lo equivoques.
Me he puesto a recordar los días
De verano idos, tu entrar y salir,
Poca y harta y pálida por los cuartos.
En esta noche pluviosa,
Ya lejos de ambos dos, salto de pronto...
Son dos puertas abriéndose cerrándose,
Dos puertas que al viento van y vienen
Sombra a sombra. |